viernes, 7 de febrero de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio I




Primavera de 1198
Taifa de Córdoba - Principado de Kiev - Condado de Norwich - Ducado de Hamburgo

El mensajero le tendió la valija y se retiró del despacho silenciosamente. Sentado en el escritorio, abrió la cartera y sacó un sobre lacrado. Distinguía con claridad el sello de su Sire y se apresuró a romperlo para leer su contenido.

Tras leer la carta, un gesto de inquietud se reflejó en su rostro. Su Sire quería que se reuniese con un aliado suyo para una empresa con la que podría conseguir grandes beneficios. Después de casi dos décadas como chiquillo, era la primera vez que se le daba la posibilidad de actuar solo, lo interpretó como que era un reconocimiento a los méritos y conocimientos adquiridos durante ese tiempo. 

Una pequeña nota adjunta acompañaba la misiva de su Sire, en ella, un desconocido se identificaba como la persona que quería contar con sus servicios y lo convocaba a una reunión en los almacenes del mercado en el distrito del castillo de la ciudad de Buda, a la décima hora de la noche del 15 de abril de este mismo año de nuestro señor.

Las nota además le informaban de que el mensajero se encargaría de organizar su viaje de manera segura y satisfacer todas las necesidades que le surgieran por el camino.

Tras un par de días de preparativos, emprendió el viaje que lo llevaría a un país extranjero, donde viviría por primera vez sin la alargada sombra de su Sire fiscalizando sus acciones. Con la excitación propia del que emprende un nuevo camino, no pudo evitar mirar atrás y preguntarse si volvería a ver la ciudad que se perdía en el horizonte...




19:00 horas, 15 de abril de 1198
Al oeste de la ciudad de Pest

El carruaje se detuvo tras todo el día de viaje. Habían sido varias semanas encerrado en aquel estrecho cubículo, viajando durante las noches y parando en sitios apartados durante el día. Su guía le había procurado alimento y había intentado que su viaje fuera lo más llevadero posible. Los cuatro soldados que iban custodiando la caravana parecían ser también conocedores de su naturaleza y en todo momento lo habían tratado con sumo respeto.

La puerta de la diligencia se abrió y le indicaron que debía de bajar, había llegado a su destino. Observó tres carros igual que el suyo se habían detenido en aquella colina. Tras un rápido vistazo pudo distinguir a otros 3 vástagos que al igual que él, bajaban de los carruajes.

Mientras los soldados, todos con el mismo emblema en su pecho, se retiraban unos metros, los guías de las caravanas intercambian algunas palabras entre sí en un idioma desconocido. Con curiosidad y algo de extrañeza, los desconocidos se miraban desde la distancia. Tras unos interminables segundos, los guías se acercaron y procedieron a presentar a cada uno de los viajeros en latín, idioma conocido por todos.  

El primer guía en hablar presentó a Gerhard Wolf, procedente del ducado de Hamburgo en el Sacro Impero Romano. Haciendo una leve señal hacia donde estaba el Ventrue. 

El segundo guía con unos rasgos del este muy marcados se adelantó y presentó a Pavlov Vozniak, del principado de Kiev. Dicho esto, el Tzimitce dio un paso adelante y dijo con voz autoritaria: "Señores, desconozco cual es el motivo de esta empresa, pero espero que sean capaces de colaborar para llevarla a buen término."

Tras estas palabras, el tercer guía se adelantó y con un latín bastante pobre procedió a presentar a Michael de Beauchamp, originario de Norwich en la lejana Inglaterra. Con un leve ademán de su mano, el Brujah saludó a los presentes.

Por último, la única guía del grupo tomó la palabra. Con su dulce voz presentó a Juan de Córdoba, la poderosa ciudad-taifa de España. El Lasombra avanzó hasta situarse entre los demás y dijo fijando la mirada en cada uno de los otros viajeros: "Es un placer conocerlos, confío en que nos llevaremos bien... Siempre que todos rememos en la misma dirección."




Tras las presentaciones, volvió a tomar la palabra la guía, y les dijo que no podían entrar en la ciudad con los carruajes, porque los guardias de la muralla registraban cualquier carro que entrase en la ciudad. Por lo que tendrían que bajar andando desde la loma en la que estaban hasta alcanzar la muralla oeste, unos cientos de metros más abajo.

Se pusieron en marcha y dejando atrás a los humanos, los cuatro vástagos avanzaron en silencio hasta la muralla. Cuando apenas faltaban unos metros para entrar, los centinelas de la entrada comenzaron a cerrar los grandes portones de madera, teniendo que apretar el paso para entrar antes de que la ciudad quedase aislada del exterior.

Cruzaron las principales calles de tierra de la ciudad de Pest, hasta que llegaron al viejo puente de piedra que cruzaba el rió Danubio hasta la ciudad de Buda, destino final del viaje. Las calles de Buda estaban tan sombrías como las de Pest, la mayoría de casas tenían puertas y ventanas atrancadas, siendo pocos los transeúntes que andaban por las calles. 

Las estrechas calles comenzaban a ascender hacia el distrito del castillo, y la tierra había dado paso a un adoquinado de piedra que facilitaba el ascenso. Tras unos minutos de callejeo accedieron a una pequeña plazoleta donde se congregaba una multitud ante un pequeño púlpito. Sobre él, un individuo gordo con la cara grasienta gritó en húngaro: "Un gran precio por esta esclava. Vendida!!!" mientras empujaba a una mujer escaleras abajo hasta los brazos de un tipo que sonriendo se la llevó entre la multitud.

Juan de Córdoba, que había visto la escena mientras avanzaban por la plaza, miraba con desaprobación al esclavista y a la chusma allí reunida. En su Córdoba natal la esclavitud había dejado de existir y era considerada un comportamiento bárbaro.

El esclavista jaleado por la escoria que allí se reunía, cogió por el collar metálico a la última mujer que quedaba sobre la estructura, una joven morena con profundos ojos verdes. Sus ropas, aunque hechas jirones, indicaban que habían sido caras prendas en el pasado. Volviéndose de nuevo hacia la multitud comenzó a gritar: "Aquí tenéis a la mejor hembra del lote, esta perra será la más servicial de vuestras..."

Antes de acabar la frase, la chica se abalanzó sobre el gordo esclavista y de un empujón lo tiró del escenario, ante las carcajadas unánimes de todo el gentío. La joven salto con agilidad sobre el suelo y corrió entre la multitud hasta un callejón cercano.

Michael que había estado observando con atención la escena, hizo un rápido movimiento y se interpuso entre el callejón por el que se había marchado la chica y el resto de la gente, que seguía burlándose del magullado esclavista.

Juan, al ver la acción de su compañero, avanzó hasta él y le mostró su apoyo a ese comportamiento, sugiriéndole que hablasen con la asustada chica que desde el fondo del callejón buscaba una salida por la que huir.

El esclavista, con el orgullo herido, se apresuró a levantarse y flanqueado por sus guardaespaldas avanzaba rápidamente hacia el callejón. Gerhard, malhumorado por perder el tiempo con tonterías propias de la plebe y sabiendo que una discusión con el esclavista lo único que haría sería retrasar su marcha, se interpuso ante su camino y mirándolo a los ojos le ordenó: "¡¡¡Lárgate!!". Con gesto sorprendido y ante la autoridad mostrada por el Ventrue, el esclavista como el resto de gente que había en la plaza comenzó a perderse entre las calles adyacentes y en apenas unos minutos la tranquilidad había vuelto a la zona. 

Michael y Juan se acercaron a la joven que con los ojos llenos de lágrimas les imploró en un idioma desconocido. Viendo que no la entendían, probó con un húngaro bastante primitivo que el Brujah entendió. "Por favor, no dejarme caer en las manos de ese animal. Me llamo Sherazina y mi familia es muy poderosa, pagará gustosa un rescate por mi presencia".

"No te preocupes, no te haremos daño." respondió Michael mientras le colocaba sobre los hombros la capa que el se había quitado. Observando el candado que bloqueaba la argolla metálica en torno al cuello de la joven, hizo un rápido movimiento rompiendo con facilidad el metal. Liberándola de tan siniestra atadura.

Juan, que hasta ese momento no había entendido nada de la conversación, se relajó al observar que la joven se acomodaba protegida por los brazos de Michael y comenzaba a andar junto a él.

Una figura que había visto toda la acción desde las sombras de la otra parte de la plazoleta, se dirigió hasta el callejón y flanqueando la salida de Michael y Juan les dijó así: "Esa muchacha no es de vuestra propiedad, estoy interesado en ella y gustoso os daré unas cuantas monedas por quitárosla de encima".  

Ante la negativa de los rescatadores y después de una mirada intensa por parte del desconocido volvió a insistir amenazando: "Como he podido observar sois vástagos. Yo soy Roland, senescal de la ciudad y os ordeno que me deis inmediatamente a la mujer si no queréis tener problemas".




Gerhard que hasta ese momento había estado observando con tedio la escena se adelanto con una media sonrisa de desprecio y dijo: "Eres una vergüenza para los nuestros, estás tan carente de autoridad como tus palabras de verdad". Sorprendido por el giro de los acontecimientos y humillado por su propia sangre, se dió la vuelta y se marcho mascullando palabras en un idioma desconocido para ellos.

De nuevo solos pero con la compañía de la joven Sherazina, continuaron su ascensión hacia el distrito del castillo.


CONTINUARÁ...