martes, 1 de abril de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio VI


22:30 horas, 2 de mayo de 1198.
Paso de Tihuta


Apenas a unas decenas de metros de las ruinas, bajaron del carro para debatir sobre su siguiente movimiento. Desde aquel alto, las vistas del paso eran impresionantes y se podía distinguir con claridad a cualquiera que intentase cruzar por allí los Cárpatos.

Mientras comentaban las distintas posibilidades que tenían para comenzar su proyecto, Juan de Córdoba decidió acercarse para explorar más de cerca las ruinas, ya que había visto de soslayo el reflejo de un haz de luz entre los restos de la torre. Así avanzó con las sombras ocultando su presencia. 

Cuando apenas estaba a unos metros, pudo oír como una voz cantaba despreocupadamente un viejo himno en un idioma desconocido para él. Michael, que había seguido la estela de su compañero, le indicó que avanzaran para observar de donde procedía. 

Un individuo con aspecto desaliñado y con una coraza bastante deteriorada se afanaba cavando con dificultad entre los restos de lo que un día fué la torre. Tomando posiciones, los vástagos salieron de su escondite y exigieron al desconocido que se identificase.

"-Benditos seáis. Bienvenidos al lugar de las revelaciones. Soy Anatole, Buscador de lo que se perdió y volverá a las manos de los escogidos por Dios. Vuestra llegada es la señal que  he estado esperando mucho tiempo. El campo esta en barbecho esperando la semilla de la sabiduría tanto tiempo enterrada. Debemos de apresurarnos, pues esta próximo el tiempo en que todos necesitaremos palabras de consejo. Juntos podremos las señales en el camino de la salvación". Mientras hablaba, había dejado la tabla y su voz parecía la de un predicador.

Tras unos momentos de desconcierto, los recién llegados exigieron saber más de que hacía en "su" territorio, a lo que Anatole respondió que debían de ayudarlo a escavar para encontrar los escritos de sus visiones. Gerhard y Pavlov que se habían quedado en la caravana, se sumaron en este momento a la escena. 

Desde las sombras, más allá del radio de luz de las antorchas, apareció una figura femenina, que se presentó con el nombre de Lucita. Les dijo que no querían reclamar ningún tipo de posesión ni control sobre el lugar o las cosas que pudieran encontrarse allí. Sólo leer los documentos que encontrasen sería suficiente para ellos.

Juan, que había tomado la voz cantante desde el principio se negó alegando que todo lo que hubiera allí era de su posesión. Aunque si desenterraban para ellos esos documentos, quizá se los dejasen leer. Ya que para él, debían de ganarse su confianza haciendo todo el trabajo duro.

Michael, sorprendido ante la aparición de la desconocida y preparado para actuar, se fue acercando para poder actuar contra ella si fuera necesario. 


Una imperceptible mirada se cruzó entre los desconocidos y por última vez, ofreció Anatole el colaborar con los cuatro cainitas. Estos, en boca de Juan, volvieron a negarse, contemplando únicamente que los recién llegados hicieran el trabajo duro de conseguir acceder a los documentos sin la promesa de que compartirían el conocimiento que guardaran.

De manera casi imperceptible, Anatole y Lucita se perdieron en la noche, mientras dejaban al resto perplejos ante la facilidad y poca insistencia que habían mostrado por algo aparentemente tan valioso.

Ya solos, rodeados por el silencio, decidieron establecer el campamento entre las ruinas de la torre. Mientras los humanos montaban guardia y desmontaban los equipajes, buscaron algún indicio que mostrase la existencia de un nivel inferior más allá de los restos calcinados de la viaje torre.

Sherazina, llamó aparte a Michael y le dijo con ese húngaro tan pobre que hablaba que ella recordaba esa torre de sus días de niña, ya que su familia pasó un tiempo como custodios del paso. Además le indicó que bajo la construcción ella recordaba una sala llena de libros. 

Con ánimos renovados con la nueva información, decidieron mover uno de las enormes piedras que formaban los antiguos cimientos y tras un enorme esfuerzo, Michael consiguió mover lo suficiente una de las pesadas rocas tras la cual quedó ante ellos una escalera hacia abajo parcialmente enterrada.

Cavaron con ahínco hasta que pudieron deslizarse por el agujero. Algo tan impropio para Gerhard que tuvo que reprimir su enfado de verse arrastrado por el barro como una serpiente.

Ante ellos tenían los restos de lo que fue una extensa biblioteca. Intentaron tomar los libros entre sus manos, pero el paso del tiempo y la humedad los habían deteriorado sobre manera y como polvo se deshacían por el simple contacto. La información y el conocimiento del pasado se les escurría entre los dedos.



Tras una exhaustiva busqueda, encontraron unas tablillas con escritura cuneiforme. Hasta un total de 13 tablillas de arcilla y entre ellas, un códice de oro que combinaba términos en latín con los extraños símbolos. Juan dijo que podría intentar traducir las tablas con el tiempo suficiente y mientras los demás organizaban el campamento en el exterior, él se dedico el resto de la noche a desentrañar los secretos ocultos escritos en aquellos trozos de barro.