lunes, 14 de abril de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio VII


21:00 Horas, 3 de mayo de 1198.
Ruinas de la Antigua Torre, Paso de Tihuta.


La oscuridad empezaba a cubrirlo todo cuando la roca que bloqueaba el acceso a la antigua biblioteca fue desplazada por las poderosas manos de Michael Beauchamp. Tras él, salieron el resto de vampiros de su refugio diurno. 

El día en el campamento había sido tranquilo, y los hombres habían comenzado a retirar los escombros de la zona, amontonando los restos de madera de la antigua torre a un lado para usarlos de combustible para la noche.


Lo primero que hicieron fue reunirse para planificar sus próximos movimientos. Debían de buscar financiación para la construcción y peones para llevarla a cabo. Pensaron que la mejor manera era visitar los poblados sobre los que tenían influencia y decidieron que dos de ellos viajarías hasta Rudna,el pueblo transilvano más cercano al paso, mientras los otros dos se quedarían en el campamento, protegiéndolo. 

Antes de partir, Michael y Pavlov fueron a inspeccionar los alrededores para asegurarse de que no hubieran intrusos o peligros. Desde las alturas se podía intuir perfectamente el valle que llegaba hasta el paso y las enormes masas de roca que lo flanqueaban. Mientras el tzimitce comprobaba la zona más baja del paso, el brujah encontró el rastro de los que parecían ser cabras salvajes. Decidido a aprovechar la ocasión para alimentarse, se lanzó a la caza hasta que dio con uno de aquellos animales. No era lo que los demás vástagos habrían preferido, pero si podía evitar beber de los humanos, lo haría. Así se lo había instruido su sire y así intentaba no dar rienda suelta a la bestia que habitaba en su pecho.

Cuando llegaron de vuelta al campamento, Juan de Córdoba que había pasado gran parte de la noche anterior descifrando parte de las tablillas de arcilla, había conseguido un breve borrador del texto que contenían y después de releerlo varias veces, se lo tendió a los demás para que pudieran analizarlo. La traducción decía así:



Miradas de preocupación se cruzaron entre ellos durante unos segundos y decidieron que aquellas tablillas parecían contener información importante, así que las mantendrían a bien vigiladas. 

Michael decidió que antes de emprender el viaje hasta Rudna, se vestiría con ropas de sirviente, para que si algún enemigo estaba vigilando el campamento, pensara que tres de ellos permanecían allí para protegerlo. Una vez en la caravana, se pusieron en camino. Junto a los restos de la vieja torre, se quedaron Pavlov y Juan, que organizaron los turnos de guardia.

Tras varias horas de viaje por tierras transilvanas, el carruaje llego hasta un conjunto de granjas de adobe y madera que formaban el pequeño poblado. Bajaron del carro y decidieron traquear en la casa más grande. Después de golpear con insistencia la robusta puerta de madera, alguien se asomó desde la ventana superior. Con una voz atronadora, les preguntó quienes eran y porque molestaban a unas horas tan intempestivas. Gerhard, utilizando el carisma especial que poseía, le dijo que eran viajeros de paso y que la noche los había pillado de manera imprevista, y que si les podía ofrecer refugio.

El desconocido no pudo evitar ser influido por las palabras del Ventrue, e inmediatamente se apresuro a bajar y abrir la puerta. Ya en el interior, sentados en la mesa del comedor frente al fuego, lo interrogaron sobre el pueblo y sobre quien gobernaba la aldea. Al conocer que era un consejo de ancianos, le propusieron tener con ellos una entrevista, que se produciría la siguiente noche y en la que les ofrecerían un sustancioso negocio para el poblado. Con la promesa de que tendrían dicha reunión, se despidieron del hombre y volvieron hasta la diligencia para regresar al paso.

Mientras estos hechos tenían lugar, Juan y Pavlov discutían sobre como organizar de manera más efectiva los turnos de trabajo. La niña que los acompañaba se acercó a ellos y señaló hacia el exterior del campamento. Allí, una figura rodeada de sombras los miraba con curiosidad. 

Juan se acercó hasta ella y Pavlov, tras poner en alerta a los centinelas, lo siguió hasta quedar a su lado. Frente a ellos, la vampiro de la noche anterior los saludó con educación. Les dijo que su compañero seguía muy interesado en cualquier documento que hubieran encontrado y que si les permitieran acceder a esa información, no les darían ningún problema. Juan, que tomó la voz cantante en la negociación, se negó a ello, pero sin darse cuenta comentó que las tablillas estaban bien custodiadas. 

Satisfecha con la nueva información que había conseguido, la Lasombra se dirigió a él en español, idioma desconocido por Pavlov, y le dijo que a cambio de la información de las tablillas, se comprometía a tenerlo informado de todo ello cuanto se enterase. Información por información. Sin atender a razones, Juan se negó en redondo y le propuso negociar la noche siguiente tras haberlo consultado con el resto del grupo. Pavlov, enfadado por la descortesía de usar un idioma desconocido para él, no dudó en mostrar su enfado hacia su compañero. Ante una desconocida estaban mostrando una división evidente y peligrosa. Con una enigmática sonrisa, Lucita se despidió hasta la noche siguiente y de manera imperceptible se fundió con las sombras de su alrededor. 

La noche no había tocado su fin cuando llegó el carromato a las ruinas. El ambiente había sido tenso desde que se había marchado la visitante y cuando descendieron Michael y Gerhard, todos se pusieron al día con las circunstancias que habían vivido. Con los primeros rayos del alba despuntando en el horizonte, decidieron que a la noche siguiente volverían a visitar el poblado para asistir a la reunión, pero dormirían en el carro, para adelantar el viaje y la llegada. A ver si así podían estar presentes durante la próxima visita de la Lasombra. Con todo decidido se refugiaron del sol que empezaba a salir desde el este.