martes, 9 de diciembre de 2014

Relato "Canción de Hielo y Fuego" - Vyathor Targaryen (Parte I)



Como cada mañana, los graznidos de los cuervos vuelven a despertarme. Odio esta habitación tan cerca del tejado. Me levanto con rapidez y me remojo la cara en la palangana que hay sobre el aparador de madera. Salgo al vestidor, donde tengo una muda limpia de color negro con cabezas de dragón bordadas en rojo sobre el pecho. Mientras me visto, entra Ariten.

Ariten es un hombre muy mayor. Siempre va vestido con su túnica y polainas azules. Lleva al servicio de mi madre desde antes de que faltara mi padre. Es un buen hombre y mi madre tiene depositada toda su confianza en él.

- Mi señor, su madre le espera. Me susurra desde el fondo de la estancia.

- ¿Mi madre a estás horas?. Pregunto sorprendido.- ¿Ha ocurrido algo?

- No se, mi señor. Tan sólo me ha pedido que le avise de que lo espera en la sala de los tapices. Responde un tanto incómodo ante mi reacción.

Cuando termino de vestirme, observo mi reflejo en el espejo. Mis ojos violetas se recrean en mi porte. Otros podrían ver en eso vanidad. Yo veo superioridad. Soy un Targaryen, Vyathor Targaryen. Hijo de Vyadarr Targaryen, segundo de su nombre, jinete de Azureon “el indomable”, señor de los cielos, hijo del gran señor de Rocadragón, Lord Varathor Targaryen, y muerto a traición por los rebeldes en Harrenhall.

Salgo de la estancia con gesto serio. Mi madre no acostumbra a llamarme a las estancias principales. Camino con rapidez, Ariten apenas puede seguirme. Cuando llego a las puertas de la sala, veo como dos soldados vestidos con armaduras rojas custodian el acceso. Pertenecen a la guardia personal de mi abuelo. Antes de tocar la puerta, oigo una airada conversación en el interior. Golpeo con suavidad la madera anunciando mi llegada.

- Adelante. Oigo como ruge la autoritaria voz de Lord Varathor.

Entro en silencio. La sala está iluminada por los amplios ventanales que se abren en la pared. La luz da un mayor realismo a los tapices que cubren las paredes. Escenas de batallas, castillos envueltos en llamas, dragones arrasando ejércitos…

Mi madre está sentada con gesto serio frente a una imponente mesa de roble. Al otro lado, Lord Ishkerion, hermano mayor de mi padre, me observa con el rostro congestionado por la ira. Frente al ventanal, veo como se gira hacia mí el señor de Rocadragón.

- Mi señora, ¿me ha hecho llamar?. Pregunto haciendo una leve reverencia con la cabeza.

Antes de que mi madre pueda responder, comienza a hablar Varathor de Rocadragón. 

-Hoy es el aniversario de la muerte de mi hijo Vyadarr, siendo tu apenas un niño. Hasta ahora y por deseo de tu madre, has sido educado en el acero y en la venganza.

La tensión rodea la sala. Sé que esas palabras son ciertas. Mi madre había puesto todo su empeño en que fuera adiestrado por los mejores. Había pagado maestros y veteranos para que me enseñaran a luchar, a pelear. Aún recordaba meterme en la cama con el cuerpo lleno de moratones. Para mi madre, el dolor era un buen maestro. Ella alimentaba el odio en mi interior con el recuerdo de la muerte de mi padre, de la traición de los rebeldes y el ultraje al que fue sometido su cuerpo. Yo no tuve infancia, pero ¿quien la quería?, yo sólo quería una cosa… Venganza.

- Por tus venas corre pura sangre Targaryen, la sangre de los dragones. Continuó Lord Varathor. - Eres el tercero de nuestro nombre. Eso era algo que nunca había pensado, al haber muerto los dos hijos menores de Varathor Targaryen y no haberse casado Lord Ishkerion, yo era el tercero en la sucesión del trono.

- Por lo tanto, quiero que a partir de hoy, seas instruido guarda del fuego eterno. Sentenció con rotundidad.

Los guardas del fuego eterno, eran los únicos que tenían contacto con los dragones. El último de ellos era Ragnathros “el Terror Rojo”. El gran dragón, que únicamente había sido montado por Ishkerion de Rocadragón. Decían que ante ellos, el cielo se volvía de fuego, y nadie podía escapar de su ira.

- Yo no necesito ayuda. Soy el último dragón, el último jinete, y nadie podrá ser guardián sin más dragones que montar. Protesta Lord Iskerion golpeando la mesa con el puño.

- Que sea la última vez que me contradices. El silencio se hace presente ante el rugido del señor de Rocadragón. – Irá contigo, lo instruirás como hace años hice yo contigo y tus hermanos. Y nunca olvides que su padre fue quien murió en la trampa que los rebeldes tenían preparada para ti en Harrenhall.

Por primera vez en mis 23 años de vida, veo a mi tío ceder en una conversación. Su arrogancia innata, propia de nuestra sangre, se esfuma mientras bajaba la cabeza ante la penetrante mirada de su Señor. - Ya está decidido. Recalca mientras se dirige a la puerta y sale por ella. Mi tío siguiéndolo con gesto serio, pasa a mi lado y me dice con odio: – Te quiero en el foso mañana al alba.

Mi madre, se levanta y viene hasta mí. Me abrazaza y puedo observar como las lágrimas caen por su rostro. – Honra la memoria de tu padre, el día de la venganza se acerca y el fuego consumirá a sus asesinos. Su pena da paso a la rabia. Me he acostumbrado tanto a su odio, que ya no recuerdo haberla visto reír.

- Demuestra que eres hijo del gran Viadarr “El valiente”. Hazte imprescindible, crece y cuando sea el momento, tu momento, desata la ira del dragón sobre todos nuestros enemigos. Susurra a mis oídos.

- Así será, madre. Las palabras brotan de mis labios apretados por el odio del recuerdo de mi padre, de cómo clavaron su cabeza en una pica como si fuera un vulgar ladrón de ganado. No, las cosas no quedarán así. Yo alcanzaré la venganza, llevaré a mi casa donde debe de estar, y gobernaremos los 7 reinos. Porque yo soy un Targaryan, Vyathor Targaryan.