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jueves, 8 de mayo de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio VIII


22:30 Horas, 4 de mayo de 1198.
Camino hacia Rudna, Norte de Transilvania.

La carreta marchaba a toda velocidad por los solitarios caminos hacia Rudna, en su interior, Gerhard y Michael habían despertado hace horas tras la puesta de sol. Apenas faltaban un rato para llegar hasta la aldea, pero ya habían decidido como actuar para conseguir que los aldeanos colaborasen en la construcción de la fortaleza.

Cuando llegaron al poblado, los estaba esperando un gran número de personas, los saludaron con respeto y los hicieron pasar a la sala donde la noche anterior habían tratado con el anciano. Con el consejo del pueblo reunido, Gerhard tomó la palabra y con ese aura regia propia de los ventrue les informó de que eran los señores designados por el conde Radu para hacerse cargo de la zona y que debían de pagar tributo como corresponde a los vasallos. Valorando las distintas opciones que expuso, el consejo acepto el contribuir a la construcción con 3 grupos de 25 hombres que rotarían cada 2 días, debido a que sus tierras no permitían ausencias mayores. Con ese trabajo sustituirían el coste del tributo y además les sería comprado todo el excedente de sus cosechas para los obreros de la fortaleza. 

Satisfechos con la propuesta y con la promesa de que en 2 noches estarían en el paso los primeros obreros, se plantearon un nuevo destino para su caravana, ya que quedaban otros 4 pueblos por visitar. Pero antes, volverían hasta el paso para la reunión que tenían con la enigmática Lucita.




23:55 Horas, 4 de mayo de 1198.
Ruinas de la Antigua Torre, Paso de Tihuta.

Apenas quedaban unos minutos para la hora de la reunión y sus compañeros no habían vuelto de su viaje hasta la aldea de Rudna. Los soldados montaban guardia en el perímetro del campamento, mientras Juan miraba con insistencia hacia el camino por donde tendría que volver el carruaje. 

Llegada la hora, Pavlov y Juan se dirigieron hasta el lugar indicado, donde una figura emergió de las sombras. Por su contorno y sus bellos rasgos la reconocieron inmediatamente como Lucita la Lasombra. Con su media sonrisa, les pregunto si ya habían meditado su propuesta y si compartirían con ella la información encontrada en las tablillas. Juan, tomando de nuevo la iniciativa se volvió a negar y le dijo que no negociarían con ella hasta que llegasen sus compañeros. A lo que ella respondió en su castellano natal que era una pena que fuera un pelele en manos de otros vástagos y que le sorprendía que alguien de su clan se mostrará tan supeditado a los demás.

Mientras esta conversación se producía, Pavlov, malhumorado por no entender nada por segunda noche consecutiva, protestó a su compañero y le exigió que hablase en latín. Juan, pasando de su aliado, continuó discutiendo con Lucita es español, hasta que ella viendo la tensión entre los vástagos, se dirigió directamente hacia el Tzimisce y le preguntó si este también estaba bajo las órdenes de los ausentes. 

Enfadado con su compañero y decidido a dar por zanjado el asunto, Pavlov le relató los primeros versos de las tablillas, frente a las protestas de Juan. Satisfecha con lo obtenido e ignorando al Lasombra, Lucita le agradeció sus palabras y le dijo que no olvidaría aquel gesto de buena voluntad en el futuro. Dicho esto, se desvaneció entre las sombras con la misma facilidad con la que había aparecido.

Con al ambiente muy tenso entre los vampiros, esperaron hasta la llegada de sus compañeros que se produjo a penas una hora después. Ya todos reunidos, discutieron Juan y Gerhard contra Pavlov, siendo Michael el que mantuvo una actitud más reflexiva ante el asunto. Finalmente, el brujah medió para que dejaran a un lado sus rencillas personales y se preocupasen del objetivo común que era la construcción de la torre. A regañadientes, todos aceptaron esa circunstancial tregua y planearon que el día siguiente sería Juan el que se quedaría a solas en el campamento, yendo el resto hasta el poblado de Motavia, ya en territorio ruso. Con ese propósito se retiraron a descansar conforme despuntaban los primeros rayos del sol en el horizonate.


lunes, 14 de abril de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio VII


21:00 Horas, 3 de mayo de 1198.
Ruinas de la Antigua Torre, Paso de Tihuta.


La oscuridad empezaba a cubrirlo todo cuando la roca que bloqueaba el acceso a la antigua biblioteca fue desplazada por las poderosas manos de Michael Beauchamp. Tras él, salieron el resto de vampiros de su refugio diurno. 

El día en el campamento había sido tranquilo, y los hombres habían comenzado a retirar los escombros de la zona, amontonando los restos de madera de la antigua torre a un lado para usarlos de combustible para la noche.


Lo primero que hicieron fue reunirse para planificar sus próximos movimientos. Debían de buscar financiación para la construcción y peones para llevarla a cabo. Pensaron que la mejor manera era visitar los poblados sobre los que tenían influencia y decidieron que dos de ellos viajarías hasta Rudna,el pueblo transilvano más cercano al paso, mientras los otros dos se quedarían en el campamento, protegiéndolo. 

Antes de partir, Michael y Pavlov fueron a inspeccionar los alrededores para asegurarse de que no hubieran intrusos o peligros. Desde las alturas se podía intuir perfectamente el valle que llegaba hasta el paso y las enormes masas de roca que lo flanqueaban. Mientras el tzimitce comprobaba la zona más baja del paso, el brujah encontró el rastro de los que parecían ser cabras salvajes. Decidido a aprovechar la ocasión para alimentarse, se lanzó a la caza hasta que dio con uno de aquellos animales. No era lo que los demás vástagos habrían preferido, pero si podía evitar beber de los humanos, lo haría. Así se lo había instruido su sire y así intentaba no dar rienda suelta a la bestia que habitaba en su pecho.

Cuando llegaron de vuelta al campamento, Juan de Córdoba que había pasado gran parte de la noche anterior descifrando parte de las tablillas de arcilla, había conseguido un breve borrador del texto que contenían y después de releerlo varias veces, se lo tendió a los demás para que pudieran analizarlo. La traducción decía así:



Miradas de preocupación se cruzaron entre ellos durante unos segundos y decidieron que aquellas tablillas parecían contener información importante, así que las mantendrían a bien vigiladas. 

Michael decidió que antes de emprender el viaje hasta Rudna, se vestiría con ropas de sirviente, para que si algún enemigo estaba vigilando el campamento, pensara que tres de ellos permanecían allí para protegerlo. Una vez en la caravana, se pusieron en camino. Junto a los restos de la vieja torre, se quedaron Pavlov y Juan, que organizaron los turnos de guardia.

Tras varias horas de viaje por tierras transilvanas, el carruaje llego hasta un conjunto de granjas de adobe y madera que formaban el pequeño poblado. Bajaron del carro y decidieron traquear en la casa más grande. Después de golpear con insistencia la robusta puerta de madera, alguien se asomó desde la ventana superior. Con una voz atronadora, les preguntó quienes eran y porque molestaban a unas horas tan intempestivas. Gerhard, utilizando el carisma especial que poseía, le dijo que eran viajeros de paso y que la noche los había pillado de manera imprevista, y que si les podía ofrecer refugio.

El desconocido no pudo evitar ser influido por las palabras del Ventrue, e inmediatamente se apresuro a bajar y abrir la puerta. Ya en el interior, sentados en la mesa del comedor frente al fuego, lo interrogaron sobre el pueblo y sobre quien gobernaba la aldea. Al conocer que era un consejo de ancianos, le propusieron tener con ellos una entrevista, que se produciría la siguiente noche y en la que les ofrecerían un sustancioso negocio para el poblado. Con la promesa de que tendrían dicha reunión, se despidieron del hombre y volvieron hasta la diligencia para regresar al paso.

Mientras estos hechos tenían lugar, Juan y Pavlov discutían sobre como organizar de manera más efectiva los turnos de trabajo. La niña que los acompañaba se acercó a ellos y señaló hacia el exterior del campamento. Allí, una figura rodeada de sombras los miraba con curiosidad. 

Juan se acercó hasta ella y Pavlov, tras poner en alerta a los centinelas, lo siguió hasta quedar a su lado. Frente a ellos, la vampiro de la noche anterior los saludó con educación. Les dijo que su compañero seguía muy interesado en cualquier documento que hubieran encontrado y que si les permitieran acceder a esa información, no les darían ningún problema. Juan, que tomó la voz cantante en la negociación, se negó a ello, pero sin darse cuenta comentó que las tablillas estaban bien custodiadas. 

Satisfecha con la nueva información que había conseguido, la Lasombra se dirigió a él en español, idioma desconocido por Pavlov, y le dijo que a cambio de la información de las tablillas, se comprometía a tenerlo informado de todo ello cuanto se enterase. Información por información. Sin atender a razones, Juan se negó en redondo y le propuso negociar la noche siguiente tras haberlo consultado con el resto del grupo. Pavlov, enfadado por la descortesía de usar un idioma desconocido para él, no dudó en mostrar su enfado hacia su compañero. Ante una desconocida estaban mostrando una división evidente y peligrosa. Con una enigmática sonrisa, Lucita se despidió hasta la noche siguiente y de manera imperceptible se fundió con las sombras de su alrededor. 

La noche no había tocado su fin cuando llegó el carromato a las ruinas. El ambiente había sido tenso desde que se había marchado la visitante y cuando descendieron Michael y Gerhard, todos se pusieron al día con las circunstancias que habían vivido. Con los primeros rayos del alba despuntando en el horizonte, decidieron que a la noche siguiente volverían a visitar el poblado para asistir a la reunión, pero dormirían en el carro, para adelantar el viaje y la llegada. A ver si así podían estar presentes durante la próxima visita de la Lasombra. Con todo decidido se refugiaron del sol que empezaba a salir desde el este.


martes, 1 de abril de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio VI


22:30 horas, 2 de mayo de 1198.
Paso de Tihuta


Apenas a unas decenas de metros de las ruinas, bajaron del carro para debatir sobre su siguiente movimiento. Desde aquel alto, las vistas del paso eran impresionantes y se podía distinguir con claridad a cualquiera que intentase cruzar por allí los Cárpatos.

Mientras comentaban las distintas posibilidades que tenían para comenzar su proyecto, Juan de Córdoba decidió acercarse para explorar más de cerca las ruinas, ya que había visto de soslayo el reflejo de un haz de luz entre los restos de la torre. Así avanzó con las sombras ocultando su presencia. 

Cuando apenas estaba a unos metros, pudo oír como una voz cantaba despreocupadamente un viejo himno en un idioma desconocido para él. Michael, que había seguido la estela de su compañero, le indicó que avanzaran para observar de donde procedía. 

Un individuo con aspecto desaliñado y con una coraza bastante deteriorada se afanaba cavando con dificultad entre los restos de lo que un día fué la torre. Tomando posiciones, los vástagos salieron de su escondite y exigieron al desconocido que se identificase.

"-Benditos seáis. Bienvenidos al lugar de las revelaciones. Soy Anatole, Buscador de lo que se perdió y volverá a las manos de los escogidos por Dios. Vuestra llegada es la señal que  he estado esperando mucho tiempo. El campo esta en barbecho esperando la semilla de la sabiduría tanto tiempo enterrada. Debemos de apresurarnos, pues esta próximo el tiempo en que todos necesitaremos palabras de consejo. Juntos podremos las señales en el camino de la salvación". Mientras hablaba, había dejado la tabla y su voz parecía la de un predicador.

Tras unos momentos de desconcierto, los recién llegados exigieron saber más de que hacía en "su" territorio, a lo que Anatole respondió que debían de ayudarlo a escavar para encontrar los escritos de sus visiones. Gerhard y Pavlov que se habían quedado en la caravana, se sumaron en este momento a la escena. 

Desde las sombras, más allá del radio de luz de las antorchas, apareció una figura femenina, que se presentó con el nombre de Lucita. Les dijo que no querían reclamar ningún tipo de posesión ni control sobre el lugar o las cosas que pudieran encontrarse allí. Sólo leer los documentos que encontrasen sería suficiente para ellos.

Juan, que había tomado la voz cantante desde el principio se negó alegando que todo lo que hubiera allí era de su posesión. Aunque si desenterraban para ellos esos documentos, quizá se los dejasen leer. Ya que para él, debían de ganarse su confianza haciendo todo el trabajo duro.

Michael, sorprendido ante la aparición de la desconocida y preparado para actuar, se fue acercando para poder actuar contra ella si fuera necesario. 


Una imperceptible mirada se cruzó entre los desconocidos y por última vez, ofreció Anatole el colaborar con los cuatro cainitas. Estos, en boca de Juan, volvieron a negarse, contemplando únicamente que los recién llegados hicieran el trabajo duro de conseguir acceder a los documentos sin la promesa de que compartirían el conocimiento que guardaran.

De manera casi imperceptible, Anatole y Lucita se perdieron en la noche, mientras dejaban al resto perplejos ante la facilidad y poca insistencia que habían mostrado por algo aparentemente tan valioso.

Ya solos, rodeados por el silencio, decidieron establecer el campamento entre las ruinas de la torre. Mientras los humanos montaban guardia y desmontaban los equipajes, buscaron algún indicio que mostrase la existencia de un nivel inferior más allá de los restos calcinados de la viaje torre.

Sherazina, llamó aparte a Michael y le dijo con ese húngaro tan pobre que hablaba que ella recordaba esa torre de sus días de niña, ya que su familia pasó un tiempo como custodios del paso. Además le indicó que bajo la construcción ella recordaba una sala llena de libros. 

Con ánimos renovados con la nueva información, decidieron mover uno de las enormes piedras que formaban los antiguos cimientos y tras un enorme esfuerzo, Michael consiguió mover lo suficiente una de las pesadas rocas tras la cual quedó ante ellos una escalera hacia abajo parcialmente enterrada.

Cavaron con ahínco hasta que pudieron deslizarse por el agujero. Algo tan impropio para Gerhard que tuvo que reprimir su enfado de verse arrastrado por el barro como una serpiente.

Ante ellos tenían los restos de lo que fue una extensa biblioteca. Intentaron tomar los libros entre sus manos, pero el paso del tiempo y la humedad los habían deteriorado sobre manera y como polvo se deshacían por el simple contacto. La información y el conocimiento del pasado se les escurría entre los dedos.



Tras una exhaustiva busqueda, encontraron unas tablillas con escritura cuneiforme. Hasta un total de 13 tablillas de arcilla y entre ellas, un códice de oro que combinaba términos en latín con los extraños símbolos. Juan dijo que podría intentar traducir las tablas con el tiempo suficiente y mientras los demás organizaban el campamento en el exterior, él se dedico el resto de la noche a desentrañar los secretos ocultos escritos en aquellos trozos de barro.
 

lunes, 17 de marzo de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio V


04:30 horas, 26 de abril de 1198.
Alrededores de la ciudad de Klausenburg



Los carros eran pasto de las llamas, formando dos piras de fuego que se elevaban hacia el cielo devorando cuanto habían sido. A la distancia, los soldados ayudaban a los miembros de la comitiva que habían sido heridos en la emboscada. 

La figura que observaba desde la enorme caravana bajo los tres escalones que lo separaban del suelo y antes de que pudiera hablar, Juan de Córdoba le agradeció en latín la ayuda prestada. Con una media sonrisa, se dirigió directamente a ellos y les dijo que había sido lo mínimo que podría hacer por unos camaradas. Dando a entender que compartía sus orígenes cainitas.

Tras las presentaciones, Myka Vykos, que era el nombre de su benefactor, se ofreció a llevarlos hasta un lugar seguro. Siempre que no le supusiese desviar su ruta hacia Bistritz. Los cuatro vástagos se sorprendieron por la fortuna de compartir destino con Vykos. Más tarde, ya de camino, se dieron cuenta de que no sólo habían perdido sus pertenencias, sino la totalidad de los vales de crédito que su patrón les había dado para acometer la construcción de la fortaleza.

La gran diligencia de Myka Vykos era muy espaciosa y confortable. El viaje continuó hacia el norte sin incidencias y se sucedían las conversaciones entre los viaeros. Myka, que compartía la sangre tzimitce con Pavlov, mostraba un cortés interés por el destino y objeto del viaje de los vástagos. Estos también conocieron que el motivo de la visita de su anfitrión a Bistritz era entrevistarse con el Conde Radu para renovar acuerdos diplomáticos.

Con el conocimiento de que habían perdido todo cuanto tenían, su benefactor les consiguió ropas limpias e incluso se ofreció a prestarles una pequeña suma para que pudieran afrontar sus gastos ordinarios.

En la última aldea antes de llegar a su destino, dejaron a los heridos al cuidado del boticario local y continuaron su marcha. La noche del 30 de abril de 1198 llegaron hasta la muralla exterior de Bistritz, donde una guardia los acompañó hasta el patio de armas de la fortaleza del Conde Radu.

Con los caballos bufando por el esfuerzo y mientras bajaban de la enorme caravana, la gran puerta que tenían ante ellos se abrió y salió a su encuentro el Conde Radu. Saludó cortésmente a Vykos y tras conocer la identidad de los demás vástagos los condujo a una sala de reuniones en lo más profundo de la construcción.

Una vez reunidos en aquella sala, en torno a una gran mesa de madera oscura, relataron a su patrón el incidente que habían tenido en el camino y la desgracia de haber perdido las reservas de las que los habían provisto. Radu, con el gesto serio, no dudó en hacerlos responsables de la pérdida, aunque se sorprendió mucho que sobrevivieran al ataque de Mitru "el Cazador". Ese gangrel era el actual príncipe de Klausenburg y era conocido por la fiereza con la que defendía su territorio de cualquier vástago que osara entrar en él. 



Tras un silencio incómodo en que la tensión se podría cortar en el ambiente, el conde Radu relajó su gesto y comentó las grandes palabras que había recibido de sus sires, alabando sus grandes capacidades. Así que aseguro que no había problema y que estaba seguro que encontrarían financiación para continuar con el plan original a pesar del revés sufrido en el camino. Además les recordó que tenían autoridad para cobrar peaje en el paso e impuestos a las aldeas cercanas, así como para contar con la mano de obra que necesitaran de las mismas. 

Con el ambiente más distendido, los vástagos plantearon la necesidad de contar con un arquitecto que pudiera diseñar la construcción que les habían encargado. Radu se mostró de acuerdo y les indicó que haría llamar al Maestro Zelios. Un nosferatu que había diseñado todas las fortalezas de la región, y que incluso había diseñado el castillo en el que estaban. El conde se mostró relajado y les invito a que lo acompañaran para ver todas las dependencias, Así podrían coger ideas para la fortaleza que debían de construir.

Cuando la velada tocaba a su fin, el patrón los invito a descansar en las estancias que habían preparado para ellos, ya que tenía que tratar asuntos privados con Myka Vykos. Además les dijo que tendrían a su disposición un carro acondicionado en el que podrían desplazarse hasta  el paso de Tihuta y la promesa de que enviaría algunos trabajadores lo antes posible para poder comenzar las obras.

Dos noches después, comenzaron la marcha hacia el paso de Tihuta. El avance era lento y pronto las empinadas cuestas que ascendían hacia los Cárpatos hicieron del viaje una marcha tediosa. Los caminos de roca eran incómodos para los ocupantes del carromato y las enormes pendientes que habían junto a la ruta aumentaban la peligrosidad del ascenso.

Casi una semana después de abandonar Bistritz, llegaron hasta el paso. Los restos de una antigua torre de madera calcinada les indicaba el sitio donde debían de comenzar su proyecto. Descendieron del carro en mitad de la noche, agotados por el viaje y por primera vez se encontraron frente al desafío al que les habían enfrentado sus Sires.


CONTINUARÁ....

miércoles, 5 de marzo de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio IV


23:30 horas, 25 de abril de 1198.
Alrededores de la ciudad de Klausenburg


Nueve días habían pasado desde que abandonaron la ciudad de Buda. Los caminos estaban normalmente desiertos y la visión de las dos caravanas a toda velocidad por la noche, unida a la superstición de los habitantes de la región, les permitió avanzar sin ningún encuentro de interés.

La diligencia que abría la marcha, la compartían Michael de Beauchamp y Pavlov Vozniak. Viajando en la otra Juan de Córdoba y Gerhard Wolf. Los asistentes y guardias ocupaban las zonas exteriores de las caravanas, quedando los esclavos encerrados en el remolque de la caravana trasera.

Avanzaron en la oscuridad durante unas horas, siguiendo los caminos hacia el norte, hasta que las caravanas aminoraron la marcha e informaron a los señores de la noche que estaban llegando a Klausenburg, la única ciudad que se encontrarían hasta Bistritz.

Tras comentar si debían de parar en la ciudad, decidieron hacer un breve alto para avituallarse antes de continuar, y así llegaron hasta la muralla que custodiaba la entrada.

Juan, bajo de la caravana para acercarse a pedir que les permitieran la entrada, pero Gerhard desdeñó inmediatamente la idea, ordenando a Harold su asistente personal que se encargase de todas las gestiones para acceder a la misma.

Harold descendió del carromato y dirigiéndose directamente a los guardias del torreón que custodiaba la entrada pidió que abrieran los portones. Comentó que sus señores eran importantes mercaderes que viajaban al norte y la noche les había pillado en mitad del camino. Con desgana y después de contestar un par de preguntas rutinarias, las puertas se abrieron y avanzaron hasta el interior de la ciudad. 

Las casas de Klausenburg eran de madera y argamasa. Muy distintas a las construcciones que habían visto en Buda. Las calles eran de barro y la casi inexistente iluminación revelaba una ciudad desierta ante ellos.

Decididos a conseguir alguna presa más, Pavlov decidió encargarse de la caza, adelantándose en las oscuras calles y dejando atrás a sus compañeros de viaje. 

El Tzimitce andaba en silencio, protegido por la oscuridad cuando un haz de luz llamó su atención. Desde un estrecho callejón cercano, dos mendigos se acurrucaban en torno a los rescoldos de un fuego que agonizaba por el frío.

Se acercó con el sigilo que acompaña a la muerte y tocó con apenas las yemas de los dedos el cráneo del desdichado que le daba la espalda. 

El grito de dolor rompió la quietud de la noche. Los huesos de la cabeza del mendigo habían crecido rompiendo el cuero cabelludo, alargándose unos centímetros como unos burlones cuernos de sátiro allá donde Pavlov había tocado. 

El compañero de la víctima, al verla caer al suelo con la cabeza ensangrentada entre las manos y la imponente figura de Pavlov con su particular sonrisa sádica mirándolo fijamente, huyó aterrado dejando tras de sí la dantesca escena.

Estudiando el cuerpo retorcido de dolor, el Tzimitce quiso ir más allá, ver hasta donde sus poderes eran capaces de moldear la carne y el hueso. Acercó sus manos hasta el pecho desnudo del mendigo y cerrando los ojos comenzó a  sentir el calor de la sangre entre sus dedos mientras las costillas iban doblándose ante la presión de sus movimientos. 

Alertados por el escándalo, Michael y Juan se dirigieron con velocidad hacia el origen del ruido preocupados por si la guardia podía haber oido, como ellos, aquellos chillidos de dolor.

Los alaridos de dolor habían dado paso a un leve gorgoteo que escapaba desde los expuestos pulmones del desdichado mendigo. Pavlov sentía como el poder de su sangre le había permitido experimentar una de las sensaciones más maravillosas que había tenido. En aquel momento entendió la fascinación por el cambio físico y como a través de la metamorfosis es posible crear o destruir.

Tras modificar los cambios que había producido en el inerte cuerpo y dejarlo tal cual estaba antes del encuentro, salió del callejón y fundido en las sombras comenzó el trayecto de vuelta hasta la caravana.

Sus compañeros, que buscaban el origen de los gritos, lo vieron caminar entre la oscuridad y Juan, decidido a que aquella situación no se volviera a repetir, se encaró con el Tzimitce, retándolo mientras lo cogía del pecho a no volver a ser tan descuidado y provocar una situación peligrosa de manera gratuita.

Pavlov, con la bucólica sonrisa del que no sabe nada, le advirtió que jamás volviera a ponerle un solo dedo encima y que el ganado no había querido colaborar. Dicho esto, se estiró la chaquetilla de terciopelo negro, y emprendió de nuevo el camino, seguido por Michael y Juan hasta las diligencias.

Con la noche en su cenit, decidieron salir de la ciudad y continuar la ruta, antes de que la guardia se aventurase a hacer preguntas sobre lo acontecido. Dejaron atrás la ciudad y el yermo páramo dio paso a un espeso bosque.




Una hora después de haber emprendido la marcha, un sonido sordo seguido de los gritos de sus guardias los hizo ponerse inmediatamente en alerta. En apenas unos segundos, se comenzaron a oír golpes y el inconfundible sonido de las flechas golpear contra los carros.

Cuando salieron de las caravanas, pudieron ver como era atacados por un grupo de bandidos, que aprovechando la espesura del bosque les habían tendido una emboscada.

Dos tremendas detonaciones llamaron su atención, pues las carretas habían sido golpeadas con unas ánforas de brea que comenzaba a hacer arder las partes traseras de los carros.

Michael me movió a una velocidad inhumana y desenvainando su espada atacó con fiereza a dos de los bandidos, que cayeron heridos de muerte al suelo. Pavlov deformó sus manos hasta el punto que sus dedos parecían afilados puñales de hueso y se lanzo al ataque con la mirada desencajada por la excitación.

En el carro trasero, los esclavos eran víctimas de las llamas. Gerhard que había salido por la portezuela derecha pudo ver como desde el bosque, lanzaban envenenadas flechas hacia ellos. Corriendo hacia delante observó como tanto guardias como caballos habían caído bajo las flechas de los desconocidos. 

Juan, veía como los guardias del flanco izquierdo eran superados en número por los asaltantes, se concentro en su entorno y todas las sombras crecieron inundando la zona de combate. Como si la noche más oscura los hubiera encarcelado en el más profundo de los abismos.

El combate se fue recrudeciendo y tanto guardias como bandidos caían heridos de muerte. Las dos caravanas se habían convertido en enormes bolas de fuego que precipitaron que el combate se alejara de ellas. 

Cuando más igualadas estaban las fuerzas entre los bandos, unos gritos desde el camino llamó la atención de todos los combatientes. Una gran caravana negra se situaba a unas decenas de metros de la contienda y un gran número de soldados se lanzaba al combate abatiendo con facilidad a los asaltantes que quedaban.

Los desconocidos vestían petos de cuero negro con un ojo dorado en el pecho y tras aplastar a los atacantes, ayudaron a los supervivientes. Juan quiso agradecer el gesto, pero no recibió respuesta y los soldados los guiaron hasta la oscura diligencia que tirada por seis enormes corceles se había adelantado hasta ellos. 

Mientras observaban con cautela el imponente vehículo, el portón se abrió con suavidad y una figura descendió hasta ellos.


CONTINUARÁ...


viernes, 21 de febrero de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio III


20:00 horas, 16 de abril de 1198.
Ciudad de Buda 


Mientras los habitantes de Buda se guarnecían en sus hogares para protegerse del frío y la noche, en la vieja casa del distrito del mercado se reunían cuatro cainitas para planificar un largo viaje que los llevaría hasta los Cárpatos.

Alrededor de una pesada mesa de madera, escucharon con atención a Zaida, la mujer que había acompañado a Juan desde Córdoba y que ahora estaba a su servicio: "Mis señores, tenemos preparados los carros para partir cuando ustedes lo estimen oportuno. Si me permiten, les recomendaría viajar durante la noche, estacionando durante el día en lugares apartados. Para facilitar su defensa y minimizar los riegos ante cualquier imprevisto durante la marcha.

Ante las muestras de asentimiento de los cainitas, la mujer continuó: "Sin embargo, el camino hasta Klausenburg, la única ciudad hasta nuestro destino esta a 10 noches de distancia. Durante el camino será complicado el satisfacer sus necesidades, por lo que sería conveniente llevar el avituallamiento que se pudiera requerir. Así que vuestras excelencias dirán como debemos de proceder.

La conversación se centró en la necesidad de conseguir 'ganado' para alimentarse durante el viaje. Gerhard defendía que podían enviar al grupo de guardias para  secuestrar a algunos individuos, que llevarían amordazados en los portaequipajes de los carromatos. A Michael le pareció una buena idea, pero pensaba que debían de realizar dicha acción momentos antes de abandonar la ciudad, para evitar el posible revuelo por la desaparición de varias personas. Además comentó la posibilidad de adquirir otro carro, y evitar la molestia de compartir espacio con el ganado. Pavlov, que hasta ese momento había estado callado, se adelanto un poco sobre la mesa y añadió con ese tono irónico que solía utilizar: "Amigos, están muy bien esas ideas que comentan, pero ¿no han pensado que sería mucho más cómodo acercarnos hasta el esclavista y adquirir nuestro alimento sin provocar posibles complicaciones?" dijo mientras señalaba a la joven Sherazina que estaba en pie al lado de Michael.

Todas las miradas se volvieron hacia ella y Gerhard le pregunto con desdén: "Mujer, ¿Desde donde os trajeron?". Sherazina con expresión confusa le explicó que desde el norte. El Ventrue repitió la pregunta y obtuvo la misma respuesta incoherente de la esclava. 

Juan acomodó en su silla y levantando la voz recordó que él se había detenido a observar con detenimiento al esclavista y su carga. El templete sobre el que vendían a los esclavos era una carreta con paredes desmontables. Además de que a él le encantaría tener un encuentro con aquella escoria negrera para tratar unos asuntos pendientes.

Desde el fondo del salón, uno de los guardias se acercó y le susurró algo al oído de Zaida. Está, dando un paso al frente, dijo: "Según me acaban de comunicar, los esclavistas visitan la ciudad dos noches seguidas al mes. Si ayer noche pudieron verlos, es posible que estén esta noche también, o que hasta dentro de 4 semanas no vuelvan.

Con todos de acuerdo, decidieron bajar hasta la plazoleta donde la noche anterior se habían encontrado con el esclavista. tras comentarle a los asistentes las compras y preparativos que deberían de realizar la siguiente mañana, se perdieron en la noche.

Tras avanzar por las frías calles adoquinadas, llegaron hasta la plaza, donde apenas un puñado de personas se congregaban ante el esclavista que comenzaba a ofrecer sus mercancías. El enorme negrero asía con una mano la argolla de metal que rodeaba el cuello de un enorme nubio mientras lo ofrecía a gritos a los presentes. 

El grupo avanzó entre la gente hasta situarse frente al carromato. Gerhard se dirigió al enorme esclavista y con la voz propia de los nacidos para gobernar, le dijo: "Me quedo con todo, ¿Cuanto los esclavos y el carro?". Sorprendido ante tal pregunta, el negrero bajo con dificultad ayudado por sus dos secuaces y se dirigió hasta Gerhard.

Pavlov que había subió al templete de un salto, se puso a estudiar con detenimiento la mercancía: "Un anciano, Una anciana, una mujer, una niña y este africano". Dijo señalando finalmente al negro. "¿Vamos a pagar por esto?"


El prisionero africano

La escoria que allí se reunía, comenzó a irse, privada del espectáculo de pujas por los esclavos y la plaza poco a poco se había quedado desierta. El esclavista ante la inquisitiva mirada de Gerhard de le propuso que 3 reales de plata podría ser una oferta justa por todo. "Estas ofendiendo a mis camaradas" le dijo con dureza señalando a Juan de Córdoba. El cual no entendía la conversación y Michael le iba traduciendo.

Pavlov, que hasta el momento había estado entretenido observando a los esclavos, bajó del carro y se encaró con el esclavista. "Creo que nos lo vamos a llevar todo". Su rostro reflejaba unos rasgos deformes, con los pómulos afilados como cuchillas y púas de hueso por la superficie de sus cejas. Había hecho uso de esa capacidad propia de los Tzimitce que les permite moldear carne y hueso como si fuera plastilina. Su rostro era el fiel reflejo de un ser atroz, capaz de asustar al más valiente de los humanos.

El negrero, horrorizado ante la terrible visión que tenía ante sí, cayo al suelo presa de su propio miedo. Sus esbirros, aterrados, salieron corriendo a toda prisa, presa de un pánico incontrolable.

Asumiendo de nuevo su aspecto normal y con una amplia sonrisa, Pavlov se volvió hacia el carro y ordenó a los esclavos que montasen las pareces del carro, que partirían enseguida. Los cautivos, que habían estado ajenos a lo acontecido segundos antes, obedecieron con la sumisión del que se sabe subyugado.

Michael y Juan, intercambiando una mirada maliciosa, se volvieron hacia la dirección por la que habían huido los guardaespaldas del esclavista y se lanzaron por las oscuras calles dispuestos a darles caza.

El brujah hizo gala de una velocidad sorprendente y en apenas unos segundos llegó hasta el callejón en el que se había ocultado uno de los esbirros. Avanzó con determinación mientras el humano le suplicaba por su vida. Agarrándolo con sus poderosas manos, mordió sin piedad el cuello de aquel desgraciado hasta que no quedó gota de sangre en su interior. 

Mientras Michael consumía a este sujeto, Juan corría calle arriba en busca de la otra pesa. Llego hasta el final de la calle, que desembocaba frente a la muralla del distrito del castillo. La tranquilidad de la zona y la ausencia de signos de alarma le hizo pensar que su presa debía de haberse escondido más atrás, habiéndolo pasado por alto.



Bajo con calma la cuesta, poniendo todos sus sentidos en el entorno. Tras unas decenas de metros lo oyó. Fue un gemido casi imperceptible, pero lo suficiente como para mostrarle el camino hasta aquel pecador. Avanzo mientras las sombras se abrían a su paso, los ojos de terror de su víctima pudieron ver como la oscuridad lo rodeaba e iba apresándolo en un abrazo de muerte. Mientras se partían sus huesos oía como el Lasombra le iba citando todos los pecados cometidos durante su escasa existencia: "Robo, asesinato, violación..."

De nuevo todos reunidos en la plaza, Juan arrojó al grasiento esclavista al interior del jaulón que era el carro una vez estaba montado. Y comenzaron la marcha hacia su refugio. Una vez en la vieja casa del mercado, ordenaron modificar el carro de esclavos lo suficiente como para que no fuese reconocido y que lo preparasen para ser remolcado por una de las diligencias. 

Se alimentaron de sus nuevas adquisiciones y una breve charla sobre la planificación del viaje, se retiraron a los sótanos. Seguros en aquellas salas incomunicadas, descansaron hasta la noche siguiente, en la comenzaría su viaje hasta los Cárpatos.

lunes, 17 de febrero de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio II



Protegidos por la noche, retomaron su camino por las empinadas calles adoquinadas hacia el distrito del castillo, pero esta vez con la compañía de la joven esclava.

Cuando apenas quedaban unas calles para llegar a la muralla que rodeaba el distrito del castillo, se cruzaron con un tipo, que desde lo alto de unas cajas se dirigió a ellos en un idioma desconocido. Ante la cara de desconcierto de los visitantes, el extraño lo intentó en húngaro, idioma habitual en la zona. Por sus rasgos y su manera de dirigirse a ellos, sabían que estaban ante otro vampiro.

"¡Deteneos, oh, niños cuyos hombros cargan con el peso de la redención!". Al oír al desconocido, Michael el Brujah, apretó contra sí a Sherazina y continuó sin prestar atención. Gerhard el Ventrue, tras observarlo durante unos instantes, continuó también andando. Juan el Lasombra, a pesar de no entender el idioma se detuvo con curiosidad y Pavlov el Tzimitce, se acercó a escuchar las palabras con una sonrisa maliciosa en la cara. 


Octavio El Oráculo

Al ver que le prestaban atención, el viejo continuó: "Mucho tiempo han buscado los ojos de Octavio más allá de lo que ha sido y será. Él despierta y debemos estar listos." Con cada frase, su voz se hacía más profunda. "Pronto os encontraréis alguien cuyos planes os llevarán al corazón del terror y la exaltación. Regocijaos, pues lo presenciaréis todo. Tenéis un papel importante en lo que se acerca". Su palabras ya salían en forma de gritos: "¡Ahh! Que la dulce sangre del corazón lave el pecado. ¡Ocho signos de las noches venideras brillan en mi visión!, os veo en cada uno de ellos. Aunque nada puede ser impedido, si es posible transformarlo mediante los actos de unos pocos. Id hijos míos, y recordad mis palabras. Prosperad y nos veremos de nuevo.

Tras dichas palabras, Octavio se quedó en silencio, con la vista perdida en la nada. Los rezagados emprendieron de nuevo el camino, mientras Juan preguntaba a Pavlov sobre el significado de aquellas palabras.

Unos minutos después, el grupo llegó hasta la plaza del mercado, en el distrito del castillo de la ciudad de Buda. No habían tenido problema para acceder a la zona a pesar de los guardias que custodiaban la muralla. Anduvieron por las zona de almacenes, hasta que un anciano con aspecto cansado se acercó a ellos. "Señores, los llevaré hasta la reunión".  

Siguieron al hombre a través de callejones hasta una puerta, por la que bajaron una vieja escalera. Bajo la ciudad de Buda, continuaron, dejando atrás estrechos pasillos y pasadizos que impedían cualquier tipo de orientación. Después de un rato, llegaron hasta una puerta metálica. Tras abrirla con llave, el anciano les indicó que accedieran. 

Todos accedieron excepto Michael, que sospechando de una trampa agarró a su guía por el pecho lo amenazó preguntando agresivamente quien lo esperaba dentro. Una voz desde dentro de la sala hizo que depusiera inmediatamente su actitud. Era Laurance de Norwich, su sire, que con enfado le dijo: "Entra inmediatamente y no me avergüences más".

Con todos dentro de la sala, no pudieron más que sorprenderse por la visión que ante ellos tenían. Todos sus sires estaban allí, sentados en una gran mesa de madera oscura. Los jóvenes sabían que algo iba mal, pues el rostro de los Sires mostraba un evidente enfado.


Los 4 Sires

El duque Adolfo III, tomó la palabra e inquirió "¿Podéis explicar porque os habéis dejado seguir hasta el lugar de la reunión por ese?" Señalando un cuerpo que yacía tumbado y con una estaca en su pecho a los pies de la mesa. Al mirarlo, todos reconocieron a Roland. Gerhard se adelanto y replicó a su sire que era un deshecho con el que se habían encontrado en la ciudad y que no esperaban que les causara problemas. Enfurecidos, los sires se intercambiaban miradas. Adolfo  continuó señalando a Sherazina: "¿Y que explicación tiene eso? ¿Acaso estaba invitada esa mortal a la reunión?". Tras esas palabras levanto un mano e hizo un rápido gesto a la joven. Con los ojos en blanco y sin expresión ninguna, se separó de Michael y se fue hasta una de las esquinas de la sala, poniéndose se rodillas con el rostro contra la pared.

Otro de los presentes fue el siguiente en hablar, Felice de Berengar, sire de Juan, se excusó ante una figura que hasta ese momento había estado oculta entre las sobras de la habitación: "Su excelencia, lamentamos la incompetencia de nuestros chiquillos, y podemos asegurar que no volverán a cometer este tipo de errores".

Haciendo con la mano un gesto que le restaba importancia a las palabras de Felice, el desconocido comenzó a hablar dirigiéndose a los recién llegados: "Refrescaros, estaréis exhaustos después de un viaje tan largo". Les dijo mientras señalaba un viejo sarcófago de piedra al fondo de la sala. Tras el gesto de conformidad de los sires, los chiquillos fueron hasta allí, encontrando cuatro jóvenes criadas, que se arrodillaron ante ellos ofreciendo sus cuellos para que se alimentaran.

"Por favor, disfrutar de ellas. Os hablaré de la petición mientras os alimentáis." Continuó el desconocido mientras los jóvenes comenzaban a 'Besar' a las doncellas: "Me llamo Tiberiu. Mi señor ha pedido esta reunión para ofreceros una gran oportunidad. Vuestros Sires le han asegurado que estaréis encantados  de ayudarlo y aseguraros un cómodo futuro. Tendríais que viajar a la frontera oriental de Hungría. A la región conocida como Transilvania. En lo alto de los Cárpatos, más allá de la ciudad de Bistritz, hay un paso natural entre las  montañas llamado el Paso de Tihuta. Como principal acceso a Transilvania desde el Este, tiene una gran importancia estratégica". Conforme iba hablando, observaba con detenimiento a cada uno de los presentes.

Tiberiu el Mensajero

Tiberiu continuó hablando: "La petición de mi Señor es que vayáis a dicho paso y construyáis una fortaleza para vigilar esa ruta. Se os adelantaría cierta suma de dinero  para cubrir los costes de contratar guardias y buenos trabajadores. Aunque me aseguran  vuestros Señores", dijo señalando a los sires, "que obtendréis recursos para completar el  trabajo por vuestros propios medios. Dado que os haréis cargo de las tierras y aldeas de  los alrededores, podréis cobrar impuestos a los campesinos y usar sus servicios. Afortunadamente los cimientos ya están allí, pues antes había una vieja torre de madera.  Podréis usar los cimientos de piedra y construir sobre ellos. Se espera que para el invierno  hayáis construido por lo menos hasta el primer piso."  

Tras unos segundos de silencio, les preguntó: "¿Tenéis alguna duda?", aun sorprendidos el silencio fué la única respuesta, por lo que sentándose en la presidencia de la mesa, el mensajero dijo: 

"Cumplid bien esta tarea, y vuestros Sires y el Conde Radu estarán encantados de  proponeros como candidatos a gobernar varios feudos en Transilvania. Varias ciudades  carecen actualmente de príncipe.  Los jóvenes cainitas que demuestren su lealtad, inteligencia y dotes de mando descubrirán lo generosos que serán con las recompensas." 

Dándolo por supuesto, siguió: "Aceptáis el encargo, ¿verdad?". Tras el asentimiento de los vástagos y las palabras imperceptibles de aceptación, Tiberiu continuó: "Hay otro pequeño favor que tendréis que hacerle a vuestro patrón. Un asunto de poca importancia para cualquier otro que no sea él. Se rumorea que entre las ruinas de la torre, puede haber algunos viejos escritos... documentos o tablas en viejos idiomas ya olvidados. Si los encontráis, los querría para su colección. Sabe que es una frivolidad, pero esos pasatiempos alivian el tedio de su existencia. Por favor, avisar si encontráis algún escrito  y mandará un agente que los recoja. En el caso de que os enteréis de la existencia de otros y de su ubicación, también contaréis con la gratitud de vuestro patrón por dicha información." 

Adelantándose y tras haberse alimentado, los cuatro vástagos se comprometieron a llevar la empresa buen término y a colaborar para que fuera un éxito. Tenían ante ellos una posibilidad única para ganar posición dentro de la estirpe, pero eran conocedores que un fracaso tendría consecuencias muy graves. Perdiendo la confianza de sus Sires y además nunca podrían volver a acceder al control de un feudo si no eran capaces de erigir una simple torre.

Con el ambiente más relajado, Tiberiu les invitó a pasar por la ciudad de Bistrith, donde el Conde Radu tenía su fortaleza. Estaría encantado de conocerlos en persona y resolver cualquier detalle de la petición con la que tuvieran dudas. Los obsequió con los guías que habían tenido hasta la ciudad, y dos guardias personales para cada uno. Además podrían disponer de dos de las diligencias que habían usado en sus viajes, así como de los títulos de crédito para comenzar las obras. Excusándose, Tiberiu se despidió educadamente y se fue de la reunión, dejando solos a los chiquillos con sus sires.

Ante las preguntas de los jóvenes, los sires explicaron que tenían una deuda con el Conde Radu, y que sus acciones podrían saldar dicha deuda. Ante las quejas de Michael, su sire le recordó que las cosas no son siempre como uno quiere y que ser su chiquillo implicaba cosas más allá, que su joven mente era incapaz de ver. Tras la reprimenda velada y con el resto de los vástagos preparados para la misión, recibieron las llaves de una casa al oeste del barrio del mercado. En ella podrían descansar durante un par de noches, antes de emprender el camino hacia el norte.

Ya en el viejo sótano de la casa que les habían dejado, Michael hizo de Sherazina su ghoul, dándole de beber su sangre. Y Comenzaron a hacer los planes de viaje y preparativos para el viaje.  

viernes, 7 de febrero de 2014

Campaña: "Señores de Antaño" - Episodio I




Primavera de 1198
Taifa de Córdoba - Principado de Kiev - Condado de Norwich - Ducado de Hamburgo

El mensajero le tendió la valija y se retiró del despacho silenciosamente. Sentado en el escritorio, abrió la cartera y sacó un sobre lacrado. Distinguía con claridad el sello de su Sire y se apresuró a romperlo para leer su contenido.

Tras leer la carta, un gesto de inquietud se reflejó en su rostro. Su Sire quería que se reuniese con un aliado suyo para una empresa con la que podría conseguir grandes beneficios. Después de casi dos décadas como chiquillo, era la primera vez que se le daba la posibilidad de actuar solo, lo interpretó como que era un reconocimiento a los méritos y conocimientos adquiridos durante ese tiempo. 

Una pequeña nota adjunta acompañaba la misiva de su Sire, en ella, un desconocido se identificaba como la persona que quería contar con sus servicios y lo convocaba a una reunión en los almacenes del mercado en el distrito del castillo de la ciudad de Buda, a la décima hora de la noche del 15 de abril de este mismo año de nuestro señor.

Las nota además le informaban de que el mensajero se encargaría de organizar su viaje de manera segura y satisfacer todas las necesidades que le surgieran por el camino.

Tras un par de días de preparativos, emprendió el viaje que lo llevaría a un país extranjero, donde viviría por primera vez sin la alargada sombra de su Sire fiscalizando sus acciones. Con la excitación propia del que emprende un nuevo camino, no pudo evitar mirar atrás y preguntarse si volvería a ver la ciudad que se perdía en el horizonte...




19:00 horas, 15 de abril de 1198
Al oeste de la ciudad de Pest

El carruaje se detuvo tras todo el día de viaje. Habían sido varias semanas encerrado en aquel estrecho cubículo, viajando durante las noches y parando en sitios apartados durante el día. Su guía le había procurado alimento y había intentado que su viaje fuera lo más llevadero posible. Los cuatro soldados que iban custodiando la caravana parecían ser también conocedores de su naturaleza y en todo momento lo habían tratado con sumo respeto.

La puerta de la diligencia se abrió y le indicaron que debía de bajar, había llegado a su destino. Observó tres carros igual que el suyo se habían detenido en aquella colina. Tras un rápido vistazo pudo distinguir a otros 3 vástagos que al igual que él, bajaban de los carruajes.

Mientras los soldados, todos con el mismo emblema en su pecho, se retiraban unos metros, los guías de las caravanas intercambian algunas palabras entre sí en un idioma desconocido. Con curiosidad y algo de extrañeza, los desconocidos se miraban desde la distancia. Tras unos interminables segundos, los guías se acercaron y procedieron a presentar a cada uno de los viajeros en latín, idioma conocido por todos.  

El primer guía en hablar presentó a Gerhard Wolf, procedente del ducado de Hamburgo en el Sacro Impero Romano. Haciendo una leve señal hacia donde estaba el Ventrue. 

El segundo guía con unos rasgos del este muy marcados se adelantó y presentó a Pavlov Vozniak, del principado de Kiev. Dicho esto, el Tzimitce dio un paso adelante y dijo con voz autoritaria: "Señores, desconozco cual es el motivo de esta empresa, pero espero que sean capaces de colaborar para llevarla a buen término."

Tras estas palabras, el tercer guía se adelantó y con un latín bastante pobre procedió a presentar a Michael de Beauchamp, originario de Norwich en la lejana Inglaterra. Con un leve ademán de su mano, el Brujah saludó a los presentes.

Por último, la única guía del grupo tomó la palabra. Con su dulce voz presentó a Juan de Córdoba, la poderosa ciudad-taifa de España. El Lasombra avanzó hasta situarse entre los demás y dijo fijando la mirada en cada uno de los otros viajeros: "Es un placer conocerlos, confío en que nos llevaremos bien... Siempre que todos rememos en la misma dirección."




Tras las presentaciones, volvió a tomar la palabra la guía, y les dijo que no podían entrar en la ciudad con los carruajes, porque los guardias de la muralla registraban cualquier carro que entrase en la ciudad. Por lo que tendrían que bajar andando desde la loma en la que estaban hasta alcanzar la muralla oeste, unos cientos de metros más abajo.

Se pusieron en marcha y dejando atrás a los humanos, los cuatro vástagos avanzaron en silencio hasta la muralla. Cuando apenas faltaban unos metros para entrar, los centinelas de la entrada comenzaron a cerrar los grandes portones de madera, teniendo que apretar el paso para entrar antes de que la ciudad quedase aislada del exterior.

Cruzaron las principales calles de tierra de la ciudad de Pest, hasta que llegaron al viejo puente de piedra que cruzaba el rió Danubio hasta la ciudad de Buda, destino final del viaje. Las calles de Buda estaban tan sombrías como las de Pest, la mayoría de casas tenían puertas y ventanas atrancadas, siendo pocos los transeúntes que andaban por las calles. 

Las estrechas calles comenzaban a ascender hacia el distrito del castillo, y la tierra había dado paso a un adoquinado de piedra que facilitaba el ascenso. Tras unos minutos de callejeo accedieron a una pequeña plazoleta donde se congregaba una multitud ante un pequeño púlpito. Sobre él, un individuo gordo con la cara grasienta gritó en húngaro: "Un gran precio por esta esclava. Vendida!!!" mientras empujaba a una mujer escaleras abajo hasta los brazos de un tipo que sonriendo se la llevó entre la multitud.

Juan de Córdoba, que había visto la escena mientras avanzaban por la plaza, miraba con desaprobación al esclavista y a la chusma allí reunida. En su Córdoba natal la esclavitud había dejado de existir y era considerada un comportamiento bárbaro.

El esclavista jaleado por la escoria que allí se reunía, cogió por el collar metálico a la última mujer que quedaba sobre la estructura, una joven morena con profundos ojos verdes. Sus ropas, aunque hechas jirones, indicaban que habían sido caras prendas en el pasado. Volviéndose de nuevo hacia la multitud comenzó a gritar: "Aquí tenéis a la mejor hembra del lote, esta perra será la más servicial de vuestras..."

Antes de acabar la frase, la chica se abalanzó sobre el gordo esclavista y de un empujón lo tiró del escenario, ante las carcajadas unánimes de todo el gentío. La joven salto con agilidad sobre el suelo y corrió entre la multitud hasta un callejón cercano.

Michael que había estado observando con atención la escena, hizo un rápido movimiento y se interpuso entre el callejón por el que se había marchado la chica y el resto de la gente, que seguía burlándose del magullado esclavista.

Juan, al ver la acción de su compañero, avanzó hasta él y le mostró su apoyo a ese comportamiento, sugiriéndole que hablasen con la asustada chica que desde el fondo del callejón buscaba una salida por la que huir.

El esclavista, con el orgullo herido, se apresuró a levantarse y flanqueado por sus guardaespaldas avanzaba rápidamente hacia el callejón. Gerhard, malhumorado por perder el tiempo con tonterías propias de la plebe y sabiendo que una discusión con el esclavista lo único que haría sería retrasar su marcha, se interpuso ante su camino y mirándolo a los ojos le ordenó: "¡¡¡Lárgate!!". Con gesto sorprendido y ante la autoridad mostrada por el Ventrue, el esclavista como el resto de gente que había en la plaza comenzó a perderse entre las calles adyacentes y en apenas unos minutos la tranquilidad había vuelto a la zona. 

Michael y Juan se acercaron a la joven que con los ojos llenos de lágrimas les imploró en un idioma desconocido. Viendo que no la entendían, probó con un húngaro bastante primitivo que el Brujah entendió. "Por favor, no dejarme caer en las manos de ese animal. Me llamo Sherazina y mi familia es muy poderosa, pagará gustosa un rescate por mi presencia".

"No te preocupes, no te haremos daño." respondió Michael mientras le colocaba sobre los hombros la capa que el se había quitado. Observando el candado que bloqueaba la argolla metálica en torno al cuello de la joven, hizo un rápido movimiento rompiendo con facilidad el metal. Liberándola de tan siniestra atadura.

Juan, que hasta ese momento no había entendido nada de la conversación, se relajó al observar que la joven se acomodaba protegida por los brazos de Michael y comenzaba a andar junto a él.

Una figura que había visto toda la acción desde las sombras de la otra parte de la plazoleta, se dirigió hasta el callejón y flanqueando la salida de Michael y Juan les dijó así: "Esa muchacha no es de vuestra propiedad, estoy interesado en ella y gustoso os daré unas cuantas monedas por quitárosla de encima".  

Ante la negativa de los rescatadores y después de una mirada intensa por parte del desconocido volvió a insistir amenazando: "Como he podido observar sois vástagos. Yo soy Roland, senescal de la ciudad y os ordeno que me deis inmediatamente a la mujer si no queréis tener problemas".




Gerhard que hasta ese momento había estado observando con tedio la escena se adelanto con una media sonrisa de desprecio y dijo: "Eres una vergüenza para los nuestros, estás tan carente de autoridad como tus palabras de verdad". Sorprendido por el giro de los acontecimientos y humillado por su propia sangre, se dió la vuelta y se marcho mascullando palabras en un idioma desconocido para ellos.

De nuevo solos pero con la compañía de la joven Sherazina, continuaron su ascensión hacia el distrito del castillo.


CONTINUARÁ...